Un dia caluroso
No pude dormir casi nada en toda la noche, ya no estaba cómoda en ninguna posición en la cama y además tenía contracciones “de práctica” (pensé yo) por tanta actividad del fin de semana. Así que ese lunes a las 6 am me levanté, me bañé y me puse a lavar ropa y arreglar un poco la casa. Mi fecha probable de parto era el próximo sábado así que me quedaban pocos días (otra vez, según yo) para hacer esas cosas antes de que llegara el bebé.
Cuando se levantó Cheto no quise que se pusiera nervioso así que lo mandé a trabajar como cualquier día. Al cabo que no me quedaba sola, Mariana (mi hija de 14 años) no tenía que ir al colegio porque eran vacaciones de verano.
Para el medio día mis contracciones eran más regulares, le dije a Cheto y se vino a la casa; quiso llevarme con al doctor pero yo tenía una cita importante con el notario a la 1:30 pm; las contracciones seguían sin dolerme mucho así que convencí a Cheto de que la cosa no urgía, que fuéramos primero al notario, luego a comer y más tarde con el doctor. De todas formas llamé a mi mamá y le pedí que se llevara a Mariana a comer con ella.
El trámite con el notario es un recuerdo como el ir y venir de un columpio: un momento estaba ahí muy presente pero en eso empezaba la siguiente contracción y sentía que me iba alejando de todos y los escuchaba un poco lejos, luego se iba pasando la contracción y mi atención volvía a las personas de mi alrededor por unos minutos, para luego volver a abstraerme en mi misma, y así por casi una hora. En cuanto me desocupé de ahí olvidamos el plan de ir a comer y nos encaminamos al centro de alumbramiento (aunque en realidad es solo una pequeña área dentro de un hospital me gusta llamarle así para aclarar que no fue el típico parto de hospital).